lunes, 7 de enero de 2013


Así iba caminando esa tarde, como entretenida en las luces cónicas que tomaban cerca de 20 minutos para arremeter, con una estampida aplastante, cualquier escape a la irrealidad; de esta manera se fueron imprimiendo y concretando los días primeros y, con el imparable paso del tiempo, el avance de la temporada, la universidad, las fiestas, un cigarrillo en la entrada y muchos vasos de helado que no resistían a los embates eufóricos de tantos entusiastas de la crema esperando en la portería que daban caza mortal a estos compañeros comestibles, se fueron haciendo los juegos, se fueron enderezando las palabras. La dinámica siguiente, en que sin mediar precipicios entablábamos conversación estaba constituida por una serie de pasos que nos permitían interrumpir la acción del habla del contrincante sin mayor objetivo que la ridiculización sistemática frente a una barrera de papas fritas, bombones de chocolate, bultos de maíz, tarros de aceite y 8527 vasos plásticos, como testigos silenciosos del abismo enorme que se abría entre nosotros dos y nuestros demás compañeros amarillos; se formó entre tú y yo un acuerdo tácito por nuestras almas libres, por la pelea de un taxi y el eterno combate de un socialismo inocente, desconocido en las letras pero brillante en los actos: dormía calladito en las mañanas pero se liberaba furioso en las noches.
La compañera de cuentos tenía un lunar en la mejilla iluminado por dos corazones caminando en vaivén enredados a su pelo negro, como una cascada brillante madre de un pecado sin dolo que atraía impertérrita la mirada de todo personal masculino en varios metros alrededor y con solo un atisbo en la esquina me llenaba el día, era la complacencia caminando apurada, cambiando de piel que me dejaba crispado y aterrado detrás de un mostrador como si en tantos años hasta ahora me embistiera la imagen de un paraíso perdido que nunca me perteneció, y todas mis ideas vagas sobre el amor y los libros se reducían a un puñado de arena que el viento arrastra sin forma. De esta manera gastaba las tardes tratando de armar como un rompecabezas de cartón a mi imaginación febril para medianamente acertar a mis labores del trabajo.
Me la encontraba en canciones y me la encontraba en el viento, y con el tiempo encontré su forma en las palabras, en un caudal de espejismos con tono, en los espejos y los vasos mientras que ella se alejaba, vestida de colores y con la cara pintada, después solo se perdió en una niebla transparente y nos visitábamos errantes alguna tarde inusual, casi siempre, de un sol quemado. El espacio y la vida nos pusieron en otro lugar pero eso no nos separó, y aunque el avance de las estaciones y la distancia sea una barrera implacable, sus apariciones lunares se incrustaron tanto en mí que no permitieron la llegada del olvido, se instalaron adentro como la gota penetra la cabeza del condenado y ocupa un lugar entre la sangre y el pensamiento.
Los días que nos separaron nos pusieron también de vuelta y así, sin preguntas, el mar de encantamientos me volvió a arrollar esta vez con mayor fuerza, con el ímpetu de un corazón en movimiento, un corazón lunar de agua que descubrí tendido sobre un árbol y que me devolvió al desconocimiento, quiero decir, al descubrimiento, a la curiosidad inocente pero al amor salvaje. Las formas de amar, como un árbol, abrieron sus hojas y en una vorágine arremolinaban mis días, nos devorábamos vivos en las noches y las tardes se aplastaban con un solo artificio buscando desesperados un escondrijo para los dos, un espacio lejos de un mundo opaco que solo ocupábamos por una condición cautiva y la rabia del desamor nos había arrancado de cualquier sueño de primavera, entre los dos nació, martillado por piedras hirvientes, el amor.
Pero el amor no se movió en una sola dirección y sin remedio es esquivo por su tradición salvaje y así como vino a mí un día, otro día de lluvia se fue sin mirar atrás, y ahora camina de la mano de un amante gigante que la lleva por otros suburbios y esa luna alumbra en otros estadios y no erra, es una columna indeleble y pervive en los vestigios de su propia naturaleza, una intocable, una que la devuelve a la vida y la inunda y no tiene que llevar máscaras, es un amor indómito que nace de ella y no tiene género ni engaño, uno que merece.
Los tiempos y el corazón se van llenando de amores taciturnos, de amores visitantes, amores de paso, perfumados y relucientes que se van poniendo de pie, uno tras otro, en un aparador de cambio esperando el olvido desesperados cuando la llama se apaga, usualmente cuando la agarran por el pescuezo y sin pretextos la hacen morir por asfixia o abandono, pero así son las muertes de amor: nunca se quedan dormidas y esperan a que las maten porque el orgullo está escrito en un libro distinto y para alcanzarlo hay que subir otro puente.
Ahora vivo con su perfume que se le quedo enredado en mi memoria y me visita en todas mis noches sin sueño y tengo plena conciencia de que ya vendrán las noches de furia, las noches suspendidas en el infinito con un disco amarillo enorme alumbrándonos, ya vendrán las noches de cuentos dulces y notas escondidas de amor… tal vez…

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